La naturaleza del hombre a la luz de su origen biológico

(Barcelona, Anthropos, 1981, 166 pp.).

El libro consta de seis capítulos. Los dos primeros constituyen una especie de preámbulo problemático y teórico general. El capítulo primero es una "introducción a la evolución animal y humana" en la que se resalta que la vinculación del hombre con los seres vivos de otros tipos -y, en especial, con los animales- es de procedencia; que el hombre y los póngidos, concretamente, proceden de una especie ancestral común, y no pueden entenderse sino en función de sendos procesos de especiación; y que la especie humana cierra y culmina la evolución animal, al dejar de evolucionar en términos de otros animales y pasar a hacerlo en términos de la sociedad humana trabada por la palabra. Y en el segundo se abordan "los principios biológicos generales que operan en la historia de la transformación del mono ancestral en hombre", puntualizando teóricamente tres problemas básicos: 1) cómo una especie animal se diferencia en dos (proceso de especiación): 2) las sendas particularidades que distinguen del caso general de especiación al surgimiento del homínido a partir del mono ancestral (las especies resultantes no son simpátridas, al desplazarse la nueva especie a un ecosistema nuevo) y al surgimiento del hombre a partir del homínido (el hombre es la especie animal cuya culminación consiste en dejar de depender, en su especialización trófica y en su medio, de otras); y 3) el surgimiento del hombre como acontecimiento final del modo de haberse producido la ramificación filogénica de los mamíferos en sus grupos principales de órdenes.

Los tres capítulos siguientes son los centrales, y corresponden a la interpretación biológico evolucionista de los tres episodios históricos de "la transformación de un mono en el hombre": 1º) el origen, la conducta y la naturaleza somática del mono arborícola ancestral común de póngidos y homínidos, y la evolución del mono ancestral de los homínidos frente a los póngidos: cómo el mono ancestral de los homínidos, partiendo de la conducta del mono ancestral arborícola, al descender al suelo, se vio obligado a una conducta cada vez más cooperante y a conducir con gritos circunstanciales poco variados una conducta selectivamente solidaria; 2º) el origen, conducta y evolución del homínido: cómo la postura erecta, al liberar las manos, le permitió llevar consigo un útil, con lo que inició el lento progreso de los útiles y su manejo y, con ello, el acceso al autotrofismo animal: la posibilidad de ir rebasando la especialización trófica de su especie y de poder ir disputando su alimento a un número creciente de otras especies; y 3º) el proceso de origen del primer hombre con el origen de la palabra.

Este último episodio merece un párrafo aparte. El acampar, para la transformación culinaria del alimento de otras especies en alimento propio, determinó en el medio -y complementariamente en la conducta- del homínido un cambio que fue la condición indispensable para que surgiera finalmente el lenguaje: a saber, la desconexión periódica de su medio animal para cooperar en actividades "artificiales" (ejercidas sobre lo inerte), con las repercusiones consiguientes sobre la comunicación oral, la organización de la cooperación y la conducta frente a otras especies, y sobre su progreso dialéctico. En estas condiciones, el progreso de la comunicación oral determinado por el trabajo originó el lenguaje (y el pensamiento), con las dos características que constituyen la base de su extraordinario desarrollo: 1ª) ser un componente notable pero genuino del estímulo animal, que, integrado siempre con los restantes componentes del mismo pero gobernándolos por su mayor movilidad, determina principalmente los contenidos de la conciencia; 2ª) ser una acción que el homínido abstrajo de la acción inmediata que se proponía hacer, precisamente para obtener una experiencia previa conveniente para realizarla mejor, en cooperación. El progreso de la palabra (y del pensamiento) en función del progreso de la organización del trabajo ante lo inerte, junto con lo recíproco, emancipó al hombre primitivo de su medio animal estructurado en especies y posibilitó la transformación del medio animal en medio humano y la complejización posterior de la modificación de la naturaleza en provecho del hombre, la división del trabajo y el lenguaje.

Finalmente, en el capítulo sexto y último, el esfuerzo por entender el "carácter diferencial de la naturaleza humana frente a los demás animales", lleva, de por sí, a la consideración del problema biológico general de la naturaleza del ser vivo, al preguntarse en qué radica la individualidad de cada hombre (y de cada animal, puesto que el hombre lo es): qué es un individuo animal. Lo que equivale a resolver, con un enfoque del ser vivo integrador, dinámico e histórico, tres tipos de problemas: 1) en qué consiste el medio humano; 2) de qué modo las continuas y diversas alteraciones que el medio animal (en su cambio incesante) provoca en los niveles inorgánicos del ambiente -alteraciones que, por los demás, inciden en células nerviosas muy diversas y numerosísimas- producen entre todas un estímulo único capaz de operar sobre un genuino individuo como lo es todo ser vivo y, por tanto, el hombre; y 3) en qué consiste la individualidad radical del hombre (y del animal), el organismo humano (el organismo animal): a saber, un campo físico (potencialmente cognoscible) que surge y se mantiene constantemente como efecto de la acción conjunta de células (de neuronas) íntimamente cooperantes.

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Rafael Jerez Mir.